jueves, 22 de mayo de 2014

Chimborazo 6310msnm



Partimos de Quito el sábado en la mañana rumbo al Chimborazo, un viaje muy largo para la corta distancia. Llegamos al parqueadero del refugio y empezamos a caminar con todo el equipo hasta los 5000 msnm en donde armaríamos nuestro campamento. Soy muy malo para dormir encima de un foam y dentro de la funda de dormir, y peor a las 6 de la tarde cuando el sueño esta muy lejos de llegar.
9 y 30 de la noche nos despertamos para alistar la mochila de asalto a la cumbre y comer caliente por ultima vez, mi compañero de carpa es la primera victima de la altura, al despertarse esta con dolor de cabeza, nauseas, mareos constantes acompañado de desmayos. Lo evacuan inmediatamente a Riobamba, la ciudad mas cercana y con considerable menor altura de la que nos encontramos.
11h15 empezamos a caminar con dirección al Castillo que se encuentra a 5500 msnm aproximadamente. No se si lo escuche o me lo invente, pero esa parte era supuestamente la mas dura, primer gran error, todo fue un Castillo permanente.
Llegamos al Glaciar y es hora de ponerse los crampones, ahora con menos miedo a la obscuridad y al hielo, lo tomo con mas calma y empezamos a subir con Mario, un amigo con muchas cumbres en sus piernas, la elección que sea mi compañero fue casi autoritaria, había escuchado su curriculum montañero y el momento que preguntaron si ya tenían las cordadas se produjo un silencio entre todos los aventureros, silencio que fue roto al expresar que quería subir con el, sabia que con su experiencia tendría mas posibilidades de llegar y no regresar a medio camino. Y asi pisamos el glaciar 4 cordadas con la esperanza de poder hacer cumbre.
El sonido de los crampones entrando en el hielo me hipnotiza, aparte que me gusta sobre manera, es en lo único que tengo para entretenerme; no se ve nada, todo es obscuridad y solo se ve un par de metros de luz en frente propiciadas por mi frontal. A lo lejos se divisa nubes negras de tormenta con rayos incluidos, pero la dirección del viento la está llevando en dirección contraria a nosotros. Pienso que si llueve me pongo el impermeable y listo.
Vamos apenas un par de horas y ya estoy haciendo cálculos de cuanto falta, es la 1 de la mañana y faltan por lo menos unas 6 horas de una pendiente sin un solo descanso, la mente empieza a no desear estar aquí. El guía nos indica que si sentimos comezones pequeñas en cualquier parte del cuerpo lo avisemos, ya que eso es la energía cinética de los rayos de las nubes que se están acercando en caso que cambien de dirección, y por los crampones, mosquetones y piolet que tenemos, somos blancos fáciles de atraer un rayo, así que tendríamos que bajar inmediatamente.
Me sorprende la explicación y a pesar que este es un objetivo truncado por dos años y por dos ascensos fallidos, no me importa si la dichosa picazón aparece y tenemos que regresar. Y la pendiente sube y sube y sube.
Las nubes se apartan completamente, y con ella la lluvia, así que no hay problema, seguimos subiendo a pesar que vamos primeros y no vemos ninguna cordada atrás. Empieza a nevar y la intersección de la luz de mi linterna con mi mano y la nieve es digna de admirar, sobre todo para nosotros que no vemos nieve en ninguna época del año.
Llega un punto de la pendiente que es tan inclinada que uso hasta las rodillas, mi técnica no es la mejor y no hago casi nada mecánicamente, tengo que pensarlo todo para no cometer errores, dos puntos de apoyo, punta afilada del piolet hacia la montaña, y cuerda en el exterior, es lo único que pienso durante horas para no cometer un error que me podría mandar al campamento base 1000 metros más abajo.
A diferencia de cuando subí al Coto, el cerebro sigue funcionando bien y lo tengo todo claro, 100% cuerdo, pero las habilidades motrices de las piernas no parecen hacerle caso y tropiezan entre ellas un par de veces, el guía me pregunta si estoy mareado y ni siquiera le respondo, y él ni siquiera baja el ritmo, es un ritmo endiablado para mí, no se Mario como estará.
Estoy agotado y pienso como si esto fuera una carrera, en la meta, en este caso la cumbre (gran error), voy tardando casi el doble de cuando inicie en cubrir cada 100 mts. de ascenso, primer objetivo era llegar a la altura del Cotopaxi (5897msnm), siguiente objetivo, superar los 6000msnm. A partir de ahí es cubrir metro a metro, llegar  a los 6310 msnm se me hace eterno.
El amanecer nos deleita con su presencia y casi al mismo tiempo llegamos a la cumbre Veintimilla (6240msnm), eso me enteraba en ese momento, este volcán ha tenido dos cumbres, la Veintimilla y la Whymper 6310msnm, parece poca diferencia, pero el problema es que se debe descender unos 50 o 100mts para después volver a subir a la cumbre más alta.
 
A estas alturas estoy agotado, solo quiero sentarme y disfrutar de la salida del sol, le observo a Mario y compruebo por su rostro que está sufriendo igual que yo, tanto por el cansancio como por hacerlo en silencio. El guía nos explica lo que nos queda y si queremos continuar, o con la cumbre Veintimilla nos damos por hechos. Existe un silencio enorme entre los dos, creo que los dos queremos bajar pero no decimos nada. Cuando voy a proponer seguir a pesar que no quiera, Mario me gana y dice “bajemos no más”, le digo literal, que yo también quiero bajar, que no sé porque me meto a estas huavadas, que seguramente al igual que él no volveré a esta puta montaña nunca más, y ya que estamos aquí, avancemos hasta la otra cumbre. Mario no pone excusas y pregunta cuanto falta, el guía dice que una hora más; Mario se para y dice “ya que chuchas, vamos”.
Empezamos a descender entre la nieve que ha formado un tipo de olas o laberinto, que se resquebrajan cada que se lo pisa, las piernas se hunden en la nieve y sacarlas de ahí en el agotamiento que estamos es muy complicado.
Poco a poco nos acercamos y esto ya está, después de tanto padecer ya tenemos la cumbre segura y mientras escalamos los últimos metros la emoción me invade y se humedecen los ojos, eso suele suceder pocas veces, así que si pasa, es un buen indicador que esto ha valido la pena.
Disfrutamos de la cumbre unos 30 minutos, con Mario estamos destrozados y nos viene lo peor, nuestros cálculos y fuerzas estaban enfocados en llegar a la cumbre, nos habíamos olvidado que debíamos guardar fuerzas para el descenso que serán otras 3 horas. Prácticamente no puedo ni caminar, arrastro mis botas y mi piolet, el líquido hace horas que se congelo y solo me quedan unos cuantos frutos secos que los ingiero en esperanza que me den algo de fuerzas.
Lo admito, soy un ango para la altura, nunca me da el más mínimo de los efectos, ni siquiera cuando vivía a nivel del mar y venía a las alturas de vez en cuando, pero ahora, sobre los 6300 msnm siento los efectos, me duele la cabeza y me siento mareado, parece como si el casco se hubiesen achicado y me apretara sobre manera. Empiezo a pensar que no puedo bajar, habrá helicópteros de rescate?, si me paro y no bajo pueda que tenga un mal de altura peor, así que aunque rodando tengo que descender, y otra vez a bajar un poco y volver a subir a la Veintimilla. Me empiezo a putear por estar aquí y la típica jurada que no volveré nunca más.
 
La vista es preciosa, aunque la pueda admirar solo los pocos minutos que paramos a descansar, estamos muy cansados y solo queremos llegar; los tobillos por la inclinación y los movimientos que no estoy acostumbrado me duelen considerablemente, teniendo que cambiar de lado a cada rato.
La concentración que tenía en la subida ha desaparecido, la peligrosidad es la misma pero empiezo a bajar con pasos casi normales, si funciona el Crampón bien, sino también, el guía me ha de frenar y no permitirá que vaya a parar en la carpa 1000 metros más abajo, es lo incoherente de mi pensamiento en ese momento. Me caigo un par de veces, pero me freno automáticamente con el piolet, lo cual me da seguridad para seguir bajando como año viejo.
El Glaciar se va terminando y escuchamos un fuerte ruido, podemos apreciar a unos 200 mts una avalancha de piedras, la más pequeña del tamaño de una mesa de 8 personas, cualquiera de ellas funcionaria como un mata moscas en contra de nosotros si pasábamos unos minutos antes. Como es obvio, nos ponemos pálidos ante eminente riesgo, y es de asombro como el guía y hasta yo que era el más cansado empezamos a correr en pleno descenso, entre piedras y nieve.Un pretexto más para pensar que no voy a volver más.
Llegamos al campamento y esto no ha terminado, toca desarmarlo y cargar con todo por lo menos una hora más, hasta donde está la buseta que nos llevara a Quito. Si en este punto alguien me pedía las botas y crampones, le regalaba sin dudarlo.
Horas después empezamos a conversar de las vivencias realizadas y nos enteramos que fuimos la única cordada que llegamos. Ya en la calma parece que todo valió la pena y el cerebro se cura rápidamente y empieza a pensar en el Cayambe.
He tenido quizás las frustraciones más grandes en la alta montaña, han sido dos años estancado y sin conseguir ninguna cumbre, primero fue el Cotopaxi, cuando perdí un Crampón y me toco descender cuando faltaba muy poco, después fue el Antisana cuando con todo lo listo, ni siquiera pude encramponar. Pero alcanzar la cumbre del Chimborazo, la elevación más alta del Ecuador y con un nivel tecno alto, me ha llenado de mucha alegría y orgullo después del cansancio y los sustos pasados.
Próximamente el Cayambe, la tercera elevación más alta, pero al igual que el Chimborazo muy técnica, a limpiar las botas y a buscar un sistema de hidratación que no se congele.